La China del siglo XX y las acusaciones de narcoterrorismo

La China del siglo XX y las acusaciones de narcoterrorismo

El término ‘narcoterrorismo’, a nivel comunicacional, fue uno de los términos más fuertes usados durante el siglo XX, quizá más fuerte que el hoy popular ‘Narcoestado’. En medio de la contienda internacional de la lucha contra las drogas, el impacto reputacional sobre un Estado que fuera catalogado de narcoterrorista era notable: más que de redes criminales clandestinas, en el fondo lo que se sugería era la existencia de gobiernos que activamente cooperaban con el tráfico de drogas con el fin de quebrar el espíritu nacional de sus enemigos mediante la promoción de los vicios, la decadencia moral y las enfermedades. Estas acusaciones, muy a menudo, eran legitimadas por reportes de inteligencia, cuyos niveles de investigación y métodos para contrastar las fuentes suelen ser, en líneas generales, impecables. Pero la evidencia histórica demuestra que, especialmente en tiempos de guerra, las agencias de inteligencia pueden ser usadas para mentir y justificar un proyecto de carácter político y bélica — bajo la presión de instancias superiores — ; una prueba relevante de ello fueron los reportes sobre la presunta exista de armas nucleares en la Irak Saddam Hussein. Las armas nunca fueron encontradas.

Como antecedente de las operaciones comunicacionales y psicológicas de preparación social ante eventos de gran importancia geoestratégica de la talla de la Guerra de Vietnam, la carrera armamentista nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y el conflicto con la Irak de Saddam Hussein, resaltan por su importancia las acusaciones que desde mediados del siglo XX se hicieron en contra de la República Popular de China, cuyos gobiernos supuestamente habían promovido activamente el terrorismo internacional mediante la difusión del comunismo y la expansión de las redes de narcotráfico chinas en el mundo occidental. Este es uno de los casos que, en términos históricos, nos demuestra cómo la lucha internacional contra el narcotráfico es, en algunos casos específicos y bajo ciertas condiciones, también usada como un arma política y comunicacional.

Más allá de que los datos expuestos por el ex-director adjunto de la CIA Joseph D. Douglass en ‘Red Cocaine: The Drugging of America’ hayan sido cuestionados y hasta refutados por su falta de precisión, cabe resaltar la necesidad de contextualizar la obra de Douglass en el marco de la obra de Harry J. Anslinger, quien actuó en calidad de ‘comisionado estadounidense para la lucha contra el narcotráfico’ y fue el primer director de la Federal Bureau of Narcotics. Anslinger denunció con firmeza la participación de China en la proliferación de drogas y estupefacientes a lo largo y ancho del mundo. Desde entonces, el peligro que representa el tráfico ilícito de drogas para la estabilidad de la sociedad norteamericana ha sido una cuestión que ha persistido en el discurso político.

Los reportes de Anslinger y el aparato de inteligencia estadounidense sirvieron para aislar diplomáticamente a China, al extremo de que el país asiático llegó a ser excluido de las Naciones Unidas. Durante las décadas de los cincuenta y sesenta, muy rara vez se llegó a cuestionar en los medios de comunicación la veracidad de los informes sobre el involucramiento de China en el narcotráfico internacional.

Anslinger, señaló en su informe oficial que la China comunista producía más de 4.000 toneladas de opio al año, es decir, más de ocho veces la cantidad de producción mundial legal. A su juicio, con base en investigaciones y revisiones de las estadísticas de incautación y los informes de arresto proporcionados por el Comandante Supremo de las Potencias Aliadas (SCAP), toda la heroína incautada en Japón en 1951 provenía de la China comunista, ya sea a través de Hong Kong o Corea del Norte, puntos estratégicos en Asia. Anslinger dijo que los traficantes arrestados habían confesado que las ganancias del contrabando de narcóticos se utilizaron para financiar las actividades del Partido Comunista y garantizar, además, la obtención de materias primas vitales para el desarrollo industrial de China. Aunque los chinos se defendieron de tales acusaciones, que consideraban infundadas por completo, fueron pocas las voces que se sumaron a su favor; el mismo representante soviético ante la CND, que se pronunció contra la guerra bacteriológica en Corea y los hechos de violación de mujeres japonesas por parte de soldados estadounidenses, tuvo poca receptividad y apoyo internacional. Durante la década de los cincuenta, el único analista político en los Estados Unidos de cierta relevancia que cuestionó las afirmaciones de Anslinger fue John O’Kearney. Para la gran mayoría, Anslinger era visto como una autoridad y su opinión no era cuestionable.

La fuerte retórica comunicacional de la China narcoterrorista y narcocomunista duró alrededor de unas dos décadas, hasta que, a partir del año 1971, comenzaron a mejorar las relaciones bilaterales entre los Estados Unidos y la República Popular de China. Aunque no necesariamente existió una relación causal entre los hechos, el descongelamiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países y el cambio del discurso de los medios occidentales sobre la involucración sino-asiática en el problema del narcotráfico fueron factores que coincidieron, en términos temporales y contextuales, con la publicación en 1972 del libro ‘The Politics of Heroin in Southeast Asia: CIA Complicity in the Global Drug Trade’ por parte del entonces joven erudito Alfred McCoy, graduado en la Universidad de Yale. A lo largo de su investigación, el señor McCoy desmonta y cuestiona las afirmaciones de Anslinger sobre el papel de China en el narcotráfico internacional; ante la opinión pública quedó en evidencia que los organismos de inteligencia son capaces de mentir, manipular y hasta desinformar, por más loables y nobles que sean los motivos que encuentren para justificar sus operaciones mediáticas.

El argumento central de la investigación de McCoy — quien actualmente es profesor de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison — se puede resumir en tres puntos básicos: primero, los agentes de inteligencia habían trabajado en complicidad con grandes redes de narcotráfico en el Sudeste Asiático; segundo, estos cubrieron conscientemente las actividades de estos grupos, incluso en los casos más notorios y evidentes; tercero, tuvieron una participación importante y destacada en el tráfico de opio y heroína; cuarto, la CIA se había financiado con dinero proveniente del narcotráfico. Al igual que el libro publicado por Joseph D. Douglass, esta investigación no estuvo exenta de controversias. La CIA hizo todo lo que estuvo a su alcance para impedir la publicación de ‘The Politics of Heroin in Southeast Asia: CIA Complicity in the Global Drug Trade’, llegando incluso a ejercer presión sobre la casa editorial. Esto queda evidenciado a través del material desclasificado de la misma CIA, que como es bien sabido, no digitaliza el material más sensible que aún se conserva en el seno de sus instalaciones. Por parte de la CIA, las afirmaciones de McCoy fueron percibidas como sesgadas, no solo por el enfoque de criminalizar las actividades de los servicios de inteligencia estadounidenses, sino además por ignorar y omitir algunas fuentes que, si bien no negaban completamente los hechos demostrados por McCoy, al menos sí habrían ayudado a balancear y contextualizar más la cuestión. El hecho de que algunos funcionarios estadounidenses participaran en el negocio del narcotráfico tampoco hacía a la CIA, y mucho menos al país, narcotraficantes.

El historial de Anslinger en la guerra comunicacional contra China nos debe hacer reflexionar sobre la susceptibilidad de las masas ante las campañas de propaganda y la necesidad de una minuciosa revisión de las acusaciones que se hacen en contra de personas, grupos, entidades, empresas, países y culturas, con el fin de evitar ser manipulados. Los intereses de los grandes lobbys y élites, la difusión de matrices de opinión en los medios de comunicación, la protección de la seguridad nacional y la defensa de una ideología que sirve de sustento para un modelo de sociedad y organización político-administrativa, son factores que deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar, con objetividad, la cuestión de las guerras de información, y muy en particular, el acceso a la justicia. La aplicación justa de la ley, especialmente en el ámbito del derecho internacional público, sigue siendo un sueño por conquistar. La justicia internacional no es ajena a la geopolítica y en ella prevalece todavía más la fuerza sobre la justicia.

Autor: Vicente Quintero @vicenquintero Licenciado en Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana de Caracas, con énfasis en el área política. También ha tomado cursos de cultura y política en la Universidad Politécnica Estatal de San Petersburgo (Rusia).

 

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