Implicaciones culturales del conflicto palestino-israelí

Implicaciones culturales del conflicto palestino-israelí

Los intereses económicos y políticos de diversos actores en la esfera internacional, han marcado los avances y retrocesos en el conflicto entre palestinos e israelíes, que permanezca vigente ya por más de setenta años. No obstante se piensa que, atender los factores culturales que añaden una tercera dimensión al problema, se presenta igual de importante. Si bien la disputa no encuentra un origen exclusivamente cultural, ya que existe evidencia histórica de árabes, judíos y cristianos -y otras minorías- que convivían de manera pacífica en la región previo al establecimiento de los Estados modernos; el momento actual, con la reciente apertura de la embajada estadounidense en la ciudad de Jerusalén y la salida oficial del Estado de Israel y Estados Unidos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), demandan la mirada hacia los elementos culturales que convergen en uno de los conflictos más antiguos.

Contexto

La disputa, foco además del tema árabe-israelí, se desarrolla a raíz de la pelea por el territorio. Si bien, es posible encontrar orígenes incluso varios siglos atrás, su etapa contemporánea se establece a partir de 1947, con la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que comprendía el Plan de Partición de Palestina, la posterior declaración de independencia del Estado de Israel en 1948 y la subsecuente invasión de los Estados árabes         -Egipto, Siria, Irak y Jordania- suscitando la primera guerra árabe-israelí.

Desde entonces, son varios los acontecimientos que han marcado el desarrollo de la situación. A grandes rasgos sobresale, tras la independencia del Estado de Israel, el desplazamiento del pueblo palestino hacia otros países árabes; la Guerra de los Seis Días (1967) que resultara en la anexión israelí de Cisjordania y Jerusalén oriental, y el inicio de los asentamientos judíos en estos territorios; la Intifada de 1987, escenario que viera el surgimiento del Movimiento de Resistencia Islámica, Hamás; la segunda Intifada en el año 2000, que pausara los avances alcanzados por los Acuerdos de Oslo (1993) y la creación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP); la construcción del Muro de Seguridad israelí como respuesta a los ataques terroristas de Hamás; los posteriores bombardeos en Gaza en 2008 y 2017 -por parte de las fuerzas israelíes hacia la infraestructura y alrededores, de Hamás-; así como el conflicto interno entre la ANP y Hamás por la autoridad del pueblo palestino, todos ellos situaciones que más allá de cambiar el rumbo e intereses de los actores implicados, han cobrado la vida de miles de personas.

Dimensión Cultural

Lo anterior emerge de la disputa por el territorio y los intereses que ello conlleva, no obstante las acciones se desenvuelven además en un escenario que ha observado el uso de los elementos culturales para justificar y/o exacerbar la situación. Aunado a ello, la visión constructivista de las Relaciones Internacionales sostiene que los factores culturales adquieren relevancia en la construcción de la realidad particular de cada uno de los actores.  

Entre los elementos que construyen la dimensión cultural del conflicto palestino-israelí, sobresalen tres: la narrativa y el discurso de dos movimientos nacionalistas, el Sionismo y el Nacionalismo Árabe-Palestino; la construcción del Estado de Israel con base en características étnicas y el significado de la ciudad de Jerusalén para ambas sociedades, todos ellos contribuyendo a un enfrentamiento identitario.

El discurso nacionalista

La dinámica y el desarrollo de la situación contribuye al fortalecimiento del discurso nacionalista en ambas partes. El Sionismo, emerge en la Europa occidental del siglo XIX, escenario de nacionalismos europeos, expansión del modelo capitalista y la apropiación de colonias. Ante el creciente antisemitismo en el continente, el movimiento político -que no hay que confundir con la religión judía- encontró respuesta y objetivo en el establecimiento de un Estado de características étnicas y el retorno a una Tierra Prometida; ideas que ya se venían gestando en el libro “El Estado Judío”, publicado en 1896 por Theodor Herlz. Aunado a ello, los eventos de la Segunda Guerra Mundial fortalecerían la necesidad del Estado propio que promovía el movimiento de liberación nacional. Alrededor del mismo tiempo, a mediados del siglo XIX, surgiría también el Nacionalismo Árabe, como respuesta al dominio del Imperio Otomano en la región. Posteriormente, éste evolucionaría hasta acotarse en un Nacionalismo Árabe-Palestino, como resistencia al Mandato Británico y el Sionismo.

Ambos movimientos comparten una tradición marcada por un pasado trágico. En el caso del pueblo judío, la persecución y expulsión de varios países derivó en la generación de una Diáspora mundial, sin olvidar lo ocurrido en el Holocausto. Por otra parte, mientras esta comunidad festeja su independencia cada 14 de mayo, los palestinos conmemoran el Al-Nakba el día 15, en memoria de la destrucción de los pueblos árabes tras la guerra de 1948, la expulsión de sus tierras y por consiguiente, el inicio de la crisis de refugiados palestinos. Lo anterior contribuye a la visión constructivista, en tanto la narración de un mismo evento de dos maneras prácticamente opuestas.

Israel, Estado Judío

Si bien el Sionismo se concibe de manera independiente a la religión judía, ésta ha representado un elemento clave para el desarrollo y sostenimiento de un Estado-nación con bases étnicas y culturales. Empero, lo anterior no implica que todos los judíos simpaticen con el movimiento o ideales del Sionismo.

Por otra parte, la construcción del Estado Judío contribuye al enfrentamiento identitario manifestado en el nombre que se otorga a las ciudades, tal es el caso del territorio de Cisjordania o Judea y Samaria, dependiendo de quién se refiera a él. Asimismo, ha derivado en desacuerdos con organizaciones como la UNESCO, a quien Israel acusa de atentar contra su identidad y por el contrario, dar preferencia a la denominación de algunos sitios históricos y de igual importancia tanto para el judaísmo como el islam -y el cristianismo-, únicamente bajo su denominación árabe.

Jerusalén

En correspondencia con los elementos anteriores, la lucha por el espacio geográfico y su estrecha relación con la religión y la definición de la Tierra Santa, o lo que ella representa para el judaísmo, el islam y el cristianismo, contribuye a la construcción identitaria de ambos pueblos.

Ya que ambas partes esperan establecer su capital en la ciudad de Jerusalén, uno de los acuerdos con mayor apoyo por parte de la comunidad internacional espera que la capital israelí se instale en la zona occidental de la ciudad y la capital de un futuro Estado palestino en la zona oriental. No obstante, ningún actor ni acuerdo hasta el momento, se atribuye la autoridad para designar el territorio de Jerusalén, si no es bajo acuerdo de los pueblos implicados. Pese a lo anterior, el Estado de Israel intentó en 1980, bajo una ley constitucional, declarar a Jerusalén “unida y completa” como su capital. La Resolución 478 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, desconoció la proclamación de Israel y la calificó de ilegal, resultando en el traslado de las misiones diplomáticas para Israel a la ciudad de Tel Aviv.

Lo anterior permite reflexionar en torno a la implicación cultural de la nueva embajada estadounidense en la ciudad de Jerusalén. Con ella, la administración de Donald Trump reconoce unilateralmente y en contra del entendido internacional, la ciudad de Jerusalén como la capital israelí, atentando y/o minimizando la identidad palestina y lo que la ciudad representa para esta comunidad, sin mencionar que brinda nuevos motivos para el descontento del mencionado pueblo.   

Conclusión

Mediante el reconocimiento de los factores culturales y su importancia en la generación de las percepciones e intereses de los diversos actores, se sostiene que, además de un conflicto político, el enfrentamiento palestino-israelí incluye un enfrentamiento identitario. La narrativa y el discurso, utilizado por diversos actores en ambos extremos, la definición de Israel como el Estado Judío, y la disputa por la ciudad de Jerusalén, contribuyen al enfrentamiento de dos identidades que por el contrario podrían encontrar puntos de convergencia.

Es importante mencionar que no se pretende generalizar la visión israelí -ni mucho menos judía-  en los ideales del Sionismo, la misma injusticia sería delimitar la visión palestina a las ideas de Hamás. Bajo esta línea se discurre la oportunidad del diálogo intercultural y la cooperación internacional -sobre todo en sus modalidades educativa y cultural- como catalizadores de espacios de acercamiento, tolerancia, respeto y sensibilización hacia el Otro, a fin de escuchar y comprender desde dónde viene y generar con ello empatía.

En la espera de un posible acuerdo de paz, sostenible en el tiempo, es indispensable reflexionar en torno a la dimensión cultural que permanece como una constante, y que se ha minimizado ante los intereses económicos y políticos del conflicto. La sensibilización y empatía hacia el Otro permitirán el reconocimiento del pasado y el presente de ambas sociedades, así como la construcción de un futuro en el que Israel pueda vivir con fronteras seguras y que a la nación palestina se le permita -y apoye en- el establecimiento de su Estado.

Autor: Edith Ruvalcaba. Maestra en Relaciones Económicas Internacionales y Cooperación por la Universidad de Guadalajara. Sus áreas de interés incluyen la Cooperación Internacional para el Desarrollo, la Cooperación Cultural, los idiomas y el proceso de integración europeo. Ha tomado cursos de Cooperación Cultural Internacional con el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Cultural Diplomacy in a Multipolar World con el United Nations Institute for Training and Research (UNITAR) y Cooperación Internacional para el Desarrollo con el Instituto José María Luis Mora.  

 

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