El auge del euroescepticismo asola Europa

El auge del euroescepticismo asola Europa

Las elecciones al Parlamento Europeo no son muy valoradas por los ciudadanos. Suelen tomarse como una cita en clave nacional que sirve o bien para castigar, o bien para respaldar al partido del gobierno.

Bruselas es vista como un ente lejano al que se le da poca importancia. Las encuestas vaticinan que el Partido Popular Europeo y el Partido Socialdemócrata Europeo serán las listas más votadas y, que junto a los liberales protagonizarán el debate europeo, tal y como ha sido hasta ahora. Sin embargo, estas elecciones tienen un componente distinto: las fuerzas euroescépticas pueden alcanzar hasta el 180 de los 751 escaños, lo que significa casi un 24% de la Cámara.

No obstante, encuestas a parte, lo que es seguro es que en el nuevo Parlamento los diputados euroescépticos van a tener mayor peso que nunca, y su influencia afectará a tomas de decisiones clave en el política diaria de la Unión.

Pero, ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

La situación actual de la Unión Europea lejos está de los tiempos en los que el proyecto europeo era indiscutible y se veía como algo incuestionable. Sin embargo, tras la Gran Crisis del siglo XXI, la situación ha cambiado. El proyecto Europeo ya no entusiasma tanto como antes, y son varias las voces que demandan la entrega de parte de la soberanía que se ha cedido a Europa y retorne a los estados nacionales.

Parlamento Europeo

La Unión Europea es el proyecto integrador supranacional más ambicioso que se ha realizado en la historia por vía pacífica. No olvidemos que uno de los principales objetivos que se quería lograr con la creación de la Unión era desterrar para siempre la idea de otra confrontación bélica entre países europeos. Principalmente entre Francia y Alemania. Hoy por hoy, ese objetivo está más que superado, y la idea de un conflicto entre países europeos está completamente desterrada.

Sin embargo, la Unión ya no suscita la misma admiración que antes. Aunque la mayoría de los europeos están convencidos de que la pertenencia a la Unión es beneficiosa (66%), el porcentaje de ciudadanos que votarían por salir del club no deja de crecer. En 2018, según Eurostat, ya representaban el 17%. El mismo porcentaje que no lo tendría claro si tuviera que votar entre la salida o la pertenencia de su país a la Unión. Por lo que en estos momentos, habría más de un 30% de potenciales votantes que abogarían por una salida de su país como  ha hecho Reino Unido.

Ascenso de los euroescépticos

Uno de los mayores problemas que tiene la Unión es que no tiene ningún objetivo que ilusione a sus ciudadanos. Las grandes promesas con las que se ideó la Unión se han llevado a cabo en mayor o menor medida: unificación monetaria, libertad de movimiento total en la mayor parte del espacio  europeo, políticas agrarias (PAC) o fondos con los que crear grandes proyectos en infraestructuras y cohesión social (FEDER).

Para las generaciones que fueron testigos de la consecución de todos esos logros la Unión está más que justificada. Sin embargo, para las generaciones posteriores que han vivido en esta Europa ya adulta no ven en ello ningún logro u objetivo justificado al que aspirar, sino únicamente  unos derechos que simplemente quieren preservar. Por ello, las nuevas generaciones no tienen un proyecto ilusionante para con Europa más allá de ahondar en el concepto de libertad e integración, algo que está bastante difuso.

En los últimos años, La concepción de la Unión ha cambiado para muchos europeos de una forma significativa. Sin duda, el cómo se ha enfrentado Bruselas a la crisis ha modificado su percepción entre una parte importante de los europeos.

Antes de la crisis, los ciudadanos europeos veían a la Unión como algo beneficioso para su país y para ellos mismos. La concepción de la Unión era la de una suerte de organismo vivo en el que el dinero fluía entre los países miembro y en donde se había establecido una simbiosis perfecta: los países más industrializados vendían sus productos a los demás países miembros mientras que estos eran  inundados de fondos procedentes de estos países con los que se mejoraban las infraestructuras y se dotaba de fondos con los que hacer política local. La alianza parecía perfecta. Y mientras la economía funcionó, la Unión gozó de un aura cuasi sagrada en la que todos miraban a Bruselas con optimismo y fe ciega.

Sin embargo, con el advenimiento de la crisis la situación  cambió. Históricamente, frente a una recesión, los países podían devaluar sus monedas nacionales para incentivar sus exportaciones y agilizar su economía. En el 2008, los países de la Unión ya no podían contar con esa poderosa herramienta, ya que la habían transferido al Banco Central Europeo.

Sin poder crear más moneda, los países se endeudaron para obtener liquidez ante la falta de ingresos para sus gastos corrientes, sobreviniendo una crisis de deuda que se extendió por los países del sur de la Unión. Las primas de riesgo se dispararon, y fue cuando los países meridionales plantearon una antigua aspiración: crear el llamado bono europeo para poder financiarse de una manera más barata. Sin embargo, los países más saneados de la Unión se negaron, alegando que a ellos les costaría más financiarse y rompiendo con ello el principio de solidaridad que existía y con la “relación perfecta” que se había dado entre los socios miembros.

Este fue uno de los momentos más transcendentales en la vida de la Unión. Los países meridionales vieron como se quebrantaba la solidaridad entre los europeos, y el aura que rodeaba a Bruselas comenzó a resquebrajarse, comenzando  muchos ciudadanos del sur de Europa a mirar con recelo a los países septentrionales de la Unión.

No obstante, no todo estaba perdido, Mario Draghi, director del Banco Central Europeo, tomó cartas en el asunto y anuncio en una transcendental rueda de prensa que compraría bonos soberanos para solventar la crisis de deuda y preservar el euro: “….and believe me, it will be enough” (“… y creedme, será suficiente”) esas palabras sirvieron para zanjar la mayor crisis de deuda a nivel europeo que jamás se había visto. Sin embargo, esto tuvo su contrapartida. A cambio del apoyo a las economías más expuestas de la Unión, Bruselas inspeccionaría y fiscalizaría las cuentas nacionales de los países rescatados, será la denominada troika. Grupo de tecnócratas llegados de Bruselas aplicando las medidas que estimaban oportunas para el saneamiento de las cuentas de los países intervenidos.

Estos burócratas de la troika eran tecnócratas, no políticos. Por lo que las medidas que tomaron en las distintas economías nacionales no tenían que ser explicadas por ellos a sus ciudadanos. Simplemente se hacían sin tener en cuenta las implicaciones políticas que esas medidas podrían tener.

Los ciudadanos de esos países vieron en esto una ofensa a su soberanía y dignidad nacional: era Bruselas, llena de burócratas de cuello blanco, los que les obligaban a hacer unos grandes sacrificios con subidas de impuestos y recortes en prestaciones sociales. Una crisis de los que veían en cierta manera responsables, ya que no habían sabido hacerle frente y proteger así a la ciudadanía con la soberanía cedida a ellos. Ahora, esos responsables eran los mismos que les obligaban a realizar unos increíbles esfuerzos.

Fue en este contexto en el  que comenzó a crecer la sombra del antieuropeísmo. Hasta entones, Bruselas había sido la madre que había cuidado de todos, ahora se había convertido en la madrastra de la que se quiere escapar.

Escepticismo, junto con una ola antiglobalización de índole mundial que ha hecho surgir a diferentes partidos nacionalpopulistas que reclaman unos estados nacionales más fuertes (Trump, Bolsonaro, etc.) son los ingredientes perfectos para el contagio de esta fiebre nacionalista antiglobalista en Europa. Si a esto le sumamos la crisis migratoria en la Unión en los últimos años,  tenemos el coctel explosivo perfecto.

Los partidos euroescépticos han proliferado en la mayoría de países miembro. Desde el Frente Nacional de Marie Le Pen, hasta el UKIP que, en consonancia con la oleada antiglobalista ha conseguido la salida del Reino Unido de la Unión –a la que entró ya recelosa desde el principio-.

En Grecia, Amanecer Dorado, un partido de extrema derecha que surgió a raíz de los recortes exigidos por la troika y que ha luchado firmemente contra la crisis de migrantes de los últimos años .

El Grupo de Visegrado, una coalición de los gobiernos de  Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia, países donde los partidos de extrema derecha cuentan con un gran apoyo o incluso están en el gobierno. Estos países,  si bien no podrían denominarse abiertamente euroescéticos, sí que abogan por unos estados nación más fuertes y una Unión menos hegemónica. En los últimos años se han enfrentado abiertamente a numerosos decretos de Bruselas en diversos ámbitos, principalmente, en los concernientes a las cuotas de inmigrantes.

En Italia la crisis de migrantes junto con los recortes aplicados por su primer ministro Mario Monti, llegado desde Bruselas y que fue visto desde un principio por una parte de la población como una troika infiltrada que miraba más por la rendición de cuentas con Bruselas que por las necesidades  nacionales. Ha dado con el tiempo como resultado una coalición de gobierno en la que Matteo Salvini, jefe del partido Liga Norte, abiertamente euroescéptico es vicepresidente y ministro de interior de Italia. Salvini en Italia, y Le Pen en Francia, son las figuras más visibles del contexto euroescéptico.   

A pesar de la irrupción con fuerza de los euroescépticos, no está claro si se unirán todos en el Parlamento para crear un “gran partido euroescéptico” como pretende Salvini, ya que hay muchas desavenencias entre los distintos partidos que conforman el movimiento.

La semana pasada se convocó en Milán una manifestación a la que se invitó a los líderes de los 11 partidos euroescépticos con aspiraciones a entrar en el Parlamento estas elecciones. Fue una demostración de fuerza y una advertencia a Bruselas: Los euroescépticos enseñan músculo, van a  entrar y, sin duda, van condicionar a partir de ahora gran parte de la vida europea.

Veremos qué implicaciones reales tiene la amplia presencia de los euroescépticos en el Parlamento. Sin duda, los partidos tradicionales deben hacer un ejercicio de reflexión y reformular sus políticas y movimientos si quieren que el gran proyecto europeo siga en pie.

Autor: Carlos Bielsa

 

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