La difícil transición ‘verde’ de Estados Unidos

La difícil transición ‘verde’ de Estados Unidos

El flamante nuevo presidente de los Estados Unidos, el demócrata Joe Biden, anunció días después de que se confirmase su victoria en las elecciones estadounidenses del pasado 4 de noviembre -aunque Donald Trump y sus seguidores le sigan acusando de haber ganado por «fraude» en unas elecciones «amañadas»- las tres tareas prioritarias al comienzo de su mandato: controlar la pandemia del COVID-19 -que se ha cobrado la vida de más de 270.000 personas-, unificar a un país fuertemente polarizado y fortalecer la agenda verde con la inminente vuelta de EEUU al Acuerdo Climático de París, después de que Trump retirara formalmente a Washington del acuerdo el mismo día de los comicios.

La misión no será nada fácil. A pesar de que el próximo mandatario haya catalogado el cambio climático como una «amenaza existencial» para el medio ambiente, lo cierto es que la transición que busca Biden para fomentar una energía verde en detrimento de las fósiles se antoja muy complicado.

El dilema del ‘oro negro’ en EEUU: Entre la riqueza y la contaminación

El petróleo siempre ha sido una fuente vital de energía para Estados Unidos. Desde que se descubriera crudo en el subsuelo norteamericano a mediados del siglo XIX, la producción de este material se ha ido incrementando año tras año a excepción de la crisis económica de 2008.

Es la mayor fuente de energía del país norteamericano, el cual en 2019 consumó una media de 20´5 millones de barriles diarios (b/d), y supuso el 80% de la producción energética doméstica, según datos de la Administración nacional de Información Energética (EIA, por sus siglas en inglés). Entre los 10 estados con mayor nivel de producción petrolera Texas (más de 1’6 millones b/d), Dakota del Norte (más de 460.000 b/d) y Nuevo México (casi 250.000 b/d) se sitúan en el pódium, mientras que Wyoming (casi 88.000 b/d), Luisiana (48.000 b/d) y Utah (37.000 b/d), son los que menos barriles de crudo producen, acorde con los datos del World Population Review 2020.

Ese progreso indiscutible que han reportado los hidrocarburos para la economía estadounidense y el consumo doméstico – gasolina, diesel, lubricantes o aceite destilado, entre otros usos- ha tenido al mismo tiempo un impacto considerable en el cambio climático debido a las ingentes cantidades de dióxido de carbono (CO2) que genera la quema de estos combustibles.

Acorde con los datos del Global Carton Atlas, Estados Unidos es el segundo mayor emisor de CO2 del mundo5.416 MtCO2-, le supera holgadamente China con el doble: 10.065 MtCO2. La explicación a estas abrumadoras cifras se debe a que los combustibles fósilescarbón, petróleo y gas natural-constituyen al mismo tiempo las energías que más se producen y consumen en el país y las más contaminante de todas, catalogados como energías ‘sucias’. Desde 2010, dos de estas fuentes de energía que conforman este grupo -petróleo y gas natural- han disparado su consumo, al contrario que el carbón, cuyo consumo desciende al mismo tiempo que energías alternativas como la solar se han incrementado desde 2010.

Esta tendencia que podemos observar entre el auge imparable de los hidrocarburos, la caída del carbón y el alza de las energías ‘limpias’ se debe a varios factores:

En primer lugar, el notable incremento en la producción de petróleo y gas natural se han  impulsado por las nuevas tecnologías, en particular el fracking -fracturación hidráulica- y la perforación horizontal, que permite a los productores acceder a depósitos subterráneos que antes eran demasiado caros de explotar. Este avance tecnológico le ha supuesto a Washington un giro importante en lo referente a su consumo de petróleo, reduciendo drásticamente sus importaciones y convirtiéndose a principios de 2020 en el mayor productor de crudo a nivel mundial al alcanzar los 13 millones de b/d, más que Rusia y Arabia Saudí.

Fracking
https://www.thesciencethinkers.com/what-is-fracking-facts-about-fracking/

De cara a defender los beneficios que reportan los combustibles fósiles, son muchos los que destacan el papel fundamental que ha tenido este tipo de energía y sus respectivas industrias en materia económica. Asimismo, el Centro Robert Strauss para la Ley y la Seguridad Internacional subraya en este aspecto la importancia de este avance en la industria norteamericana en la construcción de nuevos puestos de trabajo, el aumento de inversiones en las regiones productoras de petróleo y gas y la reducción en los precios de la gasolina para el consumidor. Un progreso que «ha estimulado», a su juicio, la recuperación del país de la crisis económica de 2008.

En lo que respecta al carbón, son varios los factores que han precipitado su caída desde su pico máximo en 2008, cuando se extrajeron casi 1.200 millones de toneladas de este mineral. Al ser un producto que se emplea  casi en su totalidad para generar electricidad en EEUU, el estancamiento en la demanda de electricidad en los hogares estadounidenses, junto con la disminución del precio del gas natural debido al incremento en su producción y la creciente apuesta por fuentes de energía más limpias como la eólica y la solar, han reducido significativamente su producción y consumo en los últimos años.

No obstante, y aunque la apuesta por las energías renovables en Estados Unidos es real, aún está a años luz de superar a las energías tradicionales.

La energía solar supuso tan solo el 1% de la producción total de energía estadounidense en 2018, y ni siquiera la hidroeléctrica, la mayor fuente de energía renovable ese año, obtuvo grandes cifras (2´8%). Aun así, Washington puede tener la seguridad de contar con el respaldo de la opinión pública de su lado, ya que en una reciente encuesta del Pew Research Center un 77% de los estadounidenses se mostró a favor de que se desarrollen «energías alternativas» al carbón y los hidrocarburos como la solar y la eólica. 

El peso de la industria fósil en EEUU

El sector de los hidrocarburos constituye el cuarto lobby más poderoso de EEUU en gasto por detrás de la industria de los seguros, la electrónica, y las farmacéuticas. En 2019, las cinco grandes compañías petrolíferas del país –BP, Shell, Exxon Mobil, Chevron y Total-destinaron más de 200 millones de dólares para frenar cualquier tipo de ley o medida medioambiental que les repercutiera negativamente en sus intereses. Extrapolado al sector de los combustible fósiles, estas cifras se disparan hasta los 500 millones de dólares, acorde con los datos ofrecidos por InfluenceMaps.

De este modo, la influencia en la política y sociedad estadounidense a golpe de talonario ha sido una constante por parte de este sector para obstruir o revertir cualquier medida climática que pudiera perjudicarles.

El baile de cifras no se queda aquí. La ingente cantidad de recursos que el lobby energético ha dedicado a partidas que beneficien al negocio de las energías fósiles es inabarcable desde principios de siglo. Oil Change International, organización norteamericana dedicada a exponer el coste «real» de las energías fósiles y que apoya la transición hacia una energía más limpia, calcula que en tan solo 16 años (2000-2016) se han destinado cerca de 2.000 millones de dólares en actividades de presión contra cualquier ley climática que persiga limitar las emisiones de carbono .

Durante el ciclo de elecciones legislativas de mitad de periodo 2017-2018, el gasto total de la industria de los combustibles fósiles se elevó hasta los 359 millones de dólares entre promociones y contribuciones a candidatos, partidos y grupos externos a nivel nacional. El gasto del sector de las energías renovables fue, sin embargo, irrisorio en comparación con este sector: tan solo 26 millones de dólares.

La gran mayoría de las donaciones de los combustibles fósiles se dirigen hacia políticos del Partido Republicano. De entre todos los que han recibido dinero de este sector, hay uno que destaca por encima de todos: Mitt Romney.

El actual senador republicano por el estado de Utah ha recibido un total de 8’5 millones de dólares en donaciones del lobby de la industria del fósil durante toda su trayectoria política, de los que casi 7 millones se emplearon para su campaña para la carrera presidencial hacia la Casa Blanca en 2012, en la que Obama fue reelegido presidente.

En las pasadas elecciones presidenciales, la apuesta del sector fósil era bastante clara. Ante la amenaza que representaba para sus intereses el «Gran Acuerdo Verde» de Biden, el sector centró todo su esfuerzo en la reelección de Trump por todos los medios. Muestra de ello se aprecia en los más de 2’6 millones de dólares que aportaron a la campaña del candidato republicano en las pasadas elecciones, muy por delante de su rival Biden (1’28 millones). A esto se le suma además la asimilación del relato de «fraude» en las elecciones promovido por Trump tras resultar perdedor, y que ha apoyado con más de 600.000 dólares en donaciones hacia los senadores Mitch McConnell y Lindsey Graham para impugnar el resultado electoral en los tribunales.

Los tentáculos del lobby energético se extienden hasta penetrar directamente en las entrañas de la Administración estadounidense. Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, muchos lobbies y negocios se han beneficiado mediante puestos y cargos dentro del gabinete del mandatario. Un claro ejemplo de esta política lo protagonizó Andrew Wheeler, antiguo lobista de la Murray Energy Corporation -una de las mayores empresas del carbón en Estados Unidos-, quien fue colocado por orden de Trump para dirigir la Agencia de Protección Medioambiental, el mayor regulador en este ámbito a nivel nacional. Wheeler ha supervisado una serie de esfuerzos de desregulación, incluidas aquellas medidas de la etapa Obama en lo relativo a la limitación en la emisión de carbón y mercurio de plantas energéticas, así como una iniciativa para levantar la prohibición en verano de las mezclas de gasolina con mayor contenido de etanol que se promulgó para reducir la contaminación.

El pasado 24 de noviembre, Biden contraatacó nombrando a John Kerry, antiguo secretario de Estado durante el mandato de Barack Obama, como delegado especial para el Medio Ambiente, un cargo con el que el electo presidente norteamericano pretende revertir las políticas desarrolladas por Trump en lo referente al cambio climático y volver a catalogarlo como un asunto de «seguridad nacional». La relevancia que ha adquirido esta materia para el equipo de Biden se traduce en el hecho de que Kerry ocupará un puesto en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca (NSC, por sus siglas en inglés), convirtiéndose de esta manera en el primer funcionario dedicado al cambio climático que forma parte del NSC.

Horizonte 2050

Como si de un último regalo que le quedaba por ofrecer, y en vísperas de la celebración de las elecciones, Donald Trump anunció oficialmente la retirada de EEUU del Acuerdo Climático de París, tal y como prometió durante su campaña electoral de 2016. El ser un tratado «injusto» y que busca «matar la economía» del país fueron las dos excusas que Trump expuso para justificar la salida de Washington del acuerdo.

El think tank Center for Climate and Energy Solutions (C2ES) analizó ese mismo día cual sería el «impacto» de la retirada de EEUU del Acuerdo Climático de París. Para ello, dibujo dos escenarios hipotéticos de acuerdo con el resultado de las elecciones estadounidenses.

Si el resultado se decantara por Trump, y EEUU se mantiene fuera del acuerdo por largo tiempo, las demás potencias y países encontrarán una excusa para no fortalecer sus compromisos climático ni de reducción de emisiones, o incluso se retirasen del tratado siguiendo el ejemplo de Washington.

Por el contrario, si Biden ganara los comicios, la vuelta al acuerdo sería inmediata ya que la participación de EEUU en el Acuerdo de París puede ser decidida «únicamente» por el presidente, tal y como afirma el centro, y tendría amplia autoridad para unirse a él como un «acuerdo ejecutivo».

Con las elecciones ya sentenciadas y Biden postulado para ser el próximo inquilino de la Casa Blanca -a pesar de los constantes embates de Trump en los tribunales-, el segundo escenario parece ser el más probable que se cumpla. De hecho, una de las promesas del candidato demócrata en la campaña fue la de regresar al acuerdo climático tan pronto como fuera posible. Pero muchos analistas coinciden en que ese no será el mayor desafío que tendrá que encarar Washington, sino el de presentar un nuevo proyecto climático «ambicioso y creíble«.

En ese sentido, Biden se ha fijado una meta en el horizonte: 0 emisiones para el año 2050. Respaldado por un ambicioso plan llamado ‘Revolución de Energía Limpia’, el próximo mandatario pretende desarrollar una energía totalmente limpia para Estados Unidos para mediados del siglo XXI. Un proyecto que, a su juicio, traerá consigo la creación de 10 millones de puestos de trabajo especializados en el área climática y estará dotado con una «inversión histórica» de 2.000 billones de dólares.

Para ello, Biden ha establecido una serie de puntos para abandonar progresivamente los combustibles fósiles. Entre estas medidas destacan las siguientes:

  • Exigir «límites agresivos» a la contaminación por metano en las nuevas operaciones de gas y petróleo
  • Prohibir nuevos permisos de gas y petróleo para inspecciones en «tierras y aguas públicas»
  • Descarbonización de sectores clave como el agrícola, el alimentario o el del calor industrial para producir acero
  • Fin de los subsidios a los combustibles fósiles, cuyos recursos irán redirigidos a infraestructuras de energía limpia

Muchos demócratas, sin embargo, se muestran cautelosos en esta cuestión, ya que consideran a los combustibles fósiles los principales impulsores de la economía estadounidense en el siglo XX. No obstante, el clima es un tema más urgente hoy en día, particularmente entre los jóvenes demócratas, y que obtiene el respaldo de una amplia capa de la población que se muestra favorable a esa transición hacia energías alternativas y más sostenibles.

Dentro de este plan revolucionario hacia las energías limpias, Biden, en su estrategia de «no dejar a nadie atrás» durante este proceso, establece un marco de actuación en el que, al mismo tiempo que incentiva la energía verde, obsequia la labor de los mineros y demás empleados del carbón a través de pensiones, beneficios de salud e inversiones en comunidades que viven del carbón, centrales eléctricas y otros sectores para «diversificar» sus economías y reinventarse. 

A pesar de estas promesas, las prioridades a día de hoy para la próxima Administración estadounidense están más centradas en cumplir con las obligaciones que emanan del Acuerdo de París, las cuales establecen presentar unas contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC, por sus siglas en inglés), que obligan a cada país firmante a reducir sus emisiones de CO2 y adaptarse a los efectos del cambio climático. Estas contribuciones, según el C2ES, deben estar actualizadas cada cinco años y estar sometidas a un informe periódico que señale los logros en esta materia. Con la vuelta de EEUU al acuerdo, Biden debe presentar un NDC «creíble» y sostenible» en un plazo de 30 días.

Un  primer paso para un largo trayecto hacia un futuro más sostenible que todos esperan que llegue antes de 2050.

Autor:Miguel Rivas. Graduado en Periodismo por la Universidad de Málaga. Máster en Periodismo Internacional por la Universidad Blanquerna – Ramon Llull (Barcelona). Pasión por la política internacional, interés en Asia-Pacífico.

 

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