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Marea rosa en América Latina: qué fue, qué países abarcó y qué queda

Entre 1998 y 2010, la mayoría de los países latinoamericanos eligió gobiernos de izquierda. Lo que los unió no fue un programa común sino un ciclo de precios que financió el gasto durante una década.

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Trazado esquemático de América Latina, con anillos batimétricos frente a la costa.

Marea rosa (marea rosada, pink tide en la literatura anglosajona) es el nombre que recibió la sucesión de victorias electorales de partidos de izquierda en América Latina entre finales de los noventa y comienzos de la década de 2010. El color aludía a que se trataba de gobiernos elegidos en las urnas y no de revoluciones.

El alcance

La secuencia empezó en Venezuela en 1998 y se extendió a Chile en 2000, Brasil y Argentina en 2003, Uruguay en 2005, Bolivia en 2006, Ecuador y Nicaragua en 2007, Paraguay en 2008 y El Salvador en 2009. En su punto máximo, la mayoría de la población de la región vivía bajo gobiernos de esa orientación.

Lo que se agrupa bajo la etiqueta era muy heterogéneo. La socialdemocracia chilena y el chavismo venezolano compartían poco más que la fecha; el gobierno brasileño mantuvo la ortodoxia macroeconómica de su antecesor mientras ampliaba las transferencias sociales, y el boliviano nacionalizó hidrocarburos sin abandonar la disciplina fiscal.

Lo que la sostuvo

La variable común no fue ideológica. El periodo coincidió casi exactamente con el superciclo de precios de las materias primas impulsado por la demanda china: cobre, soja, mineral de hierro y petróleo alcanzaron niveles sostenidos durante años.

Ese ingreso permitió financiar programas de transferencia condicionada sin subir impuestos ni recortar en otras partidas, y los resultados fueron medibles: la pobreza y la desigualdad se redujeron de forma apreciable en casi todos los países del grupo, incluidos los gobernados por la derecha durante el mismo periodo, lo que refuerza la lectura económica sobre la ideológica.

Por qué terminó

El ciclo de precios se agotó a partir de 2013 y el gasto no. Los gobiernos que llegaron después heredaron programas consolidados sin la renta que los había financiado, y la combinación con casos de corrupción de gran escala (el mayor de ellos con ramificaciones en una docena de países) produjo un giro electoral en dirección contraria.

La segunda ola

A partir de 2018 volvió a producirse una sucesión de victorias de la izquierda que se ha comparado con la primera: México ese año, Argentina en 2019, Bolivia en 2020, Perú y Chile en 2021, Colombia y Brasil en 2022. En 2023 los siete países más poblados de la región tenían gobiernos que se situaban a la izquierda, una coincidencia que no se había dado nunca antes.

Las diferencias con el ciclo anterior pesan más que el parecido. La primera ola coincidió con el auge de los precios de las materias primas entre 2003 y 2011, que financió la expansión del gasto social sin necesidad de reformas fiscales de fondo; la segunda llegó tras la pandemia, con deuda alta, inflación y sin ese margen. Los gobiernos nuevos han tenido además congresos fragmentados en los que no controlan mayoría, y varios llegaron con coaliciones amplias que se rompieron durante el mandato.

El resultado ha sido una alternancia más rápida en lugar de un ciclo largo. En Argentina la presidencia cambió de signo en 2023, y en varios países las encuestas apuntan a que el desgaste del oficialismo se ha convertido en la variable más predecible de la región, con independencia de su orientación. Esa volatilidad, más que el color de cada gobierno, es lo que distingue el periodo abierto en 2018.

Las instituciones que dejó, y que no sobrevivieron

El ciclo no se limitó a gobiernos: construyó una arquitectura regional propia, y su desmantelamiento posterior es la mejor medida de hasta dónde llegaba el proyecto compartido. La pieza mayor fue la Unión de Naciones Suramericanas, constituida por tratado en 2008 con la ambición explícita de coordinar defensa, infraestructura y salud sin la participación de Estados Unidos ni de Canadá, a diferencia de la organización hemisférica existente.

Su declive fue rápido y siguió al de los gobiernos que la habían impulsado. A partir de 2018 varios miembros suspendieron su participación y después se retiraron, la organización quedó años sin secretario general por falta de acuerdo, y un grupo de países creó en 2019 un foro alternativo de perfil deliberadamente más ligero, que tampoco consolidó estructura. Algunos Estados han vuelto a acercarse en los años siguientes, sin que el conjunto recupere la forma original.

El resto del andamiaje tuvo suertes distintas. La comunidad que agrupa a todos los países latinoamericanos y caribeños sobrevivió porque nunca aspiró a ser más que un espacio de concertación política, y el bloque de cooperación energética impulsado por Venezuela se contrajo con la crisis de su promotor. El mercado común del sur, que es anterior al ciclo, siguió existiendo con su agenda comercial paralizada.

La lectura que suele hacerse es que la integración quedó atada a la coincidencia ideológica en lugar de a intereses estatales estables, y por eso no resistió la alternancia. Una unión aduanera con reglas obligatorias sobrevive a un cambio de gobierno; un foro de afinidad política, no.

Preguntas frecuentes

¿Qué fue la marea rosa?

La sucesión de victorias electorales de partidos de izquierda en América Latina entre 1998 y 2010. El término subraya que fueron gobiernos elegidos en las urnas, no procesos revolucionarios.

¿Qué países abarcó?

Venezuela, Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Paraguay y El Salvador, entre otros. En su punto máximo, la mayoría de la población de la región vivía bajo gobiernos de esa orientación.

¿Eran gobiernos con el mismo programa?

No. La heterogeneidad era muy alta: la socialdemocracia chilena, el chavismo venezolano y la combinación brasileña de ortodoxia macroeconómica con transferencias sociales compartían poco más que el periodo.

¿Por qué terminó el ciclo?

Porque el superciclo de precios de las materias primas que lo financiaba se agotó a partir de 2013 mientras el gasto ya estaba consolidado, y porque coincidió con casos de corrupción de escala continental.

¿En qué se diferencia la segunda ola?

En que no coincide con un auge de precios y en que las mayorías parlamentarias son mucho más estrechas, lo que reduce de forma apreciable la capacidad de sacar adelante reformas.