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Los ciclos ideológicos en América Latina: de la marea rosa a hoy
Dos décadas de giros a la izquierda y a la derecha que la cobertura interpreta como cambios de tendencia continental. Los datos sugieren algo distinto: un voto de castigo que alterna sin consolidar nada.
La política latinoamericana de las últimas dos décadas se narra habitualmente como una sucesión de olas ideológicas continentales. Esa lectura es cómoda y, examinada con datos electorales, explica peor que una alternativa más simple: lo que se repite no es una ideología sino un voto de castigo al gobierno saliente.
La marea rosa
El primer ciclo se inició con la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 y se extendió durante la década siguiente: Lula en Brasil en 2002, Kirchner en Argentina en 2003, Tabaré Vázquez en Uruguay en 2004, Evo Morales en Bolivia en 2005, Correa en Ecuador y Bachelet en Chile en 2006.
Se le llamó marea rosa —rosa y no roja— porque la mayoría de esos gobiernos no propuso rupturas revolucionarias sino redistribución dentro del sistema.
Su contexto material fue decisivo y suele quedar en segundo plano: el ciclo coincidió con el auge de los precios de las materias primas impulsado por la demanda china. Soja, cobre, petróleo y mineral de hierro se revalorizaron durante una década, y esos ingresos financiaron programas de transferencias condicionadas (Bolsa Família en Brasil, Oportunidades en México, Asignación Universal por Hijo en Argentina) cuya eficacia para reducir la pobreza está bien documentada y que se replicaron después en otras regiones del mundo.
Conviene además distinguir dentro del grupo. Chile, Uruguay y el Brasil de Lula practicaron políticas socialdemócratas con ortodoxia macroeconómica y respeto institucional. Venezuela, Bolivia y Ecuador siguieron una vía más rupturista, con constituyentes, reelección indefinida y control creciente sobre contrapesos. Agruparlos bajo una etiqueta común oscurece más de lo que aclara.
El giro y la segunda ola
El ciclo se agotó cuando cayeron los precios de las materias primas a partir de 2014. Sin esos ingresos, los programas se volvieron insostenibles y aparecieron déficits, inflación y ajuste.
A eso se sumaron los casos de corrupción, sobre todo el de la constructora Odebrecht, que implicó a gobiernos de varios países y de varios signos y que erosionó la confianza en el conjunto de la clase política.
El resultado fue una tanda de victorias de derecha entre 2015 y 2019: Macri en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Piñera en Chile, Duque en Colombia.
Ese ciclo duró menos. Entre 2018 y 2022 llegó una segunda ola progresista (López Obrador en México, Fernández en Argentina, Boric en Chile, Castillo en Perú, Petro en Colombia, Lula de nuevo en Brasil), y desde entonces se han producido nuevos giros en sentido contrario en varios países.
Qué explica realmente la alternancia
La duración decreciente de cada ciclo es el dato que orienta la explicación.
El voto de castigo. Durante los años posteriores a la pandemia, prácticamente todos los oficialismos de la región que se sometieron a elecciones perdieron, con independencia de su signo. Ese patrón (común también a otras regiones en el mismo periodo) sugiere que lo que se vota es contra quien gobierna, no a favor de un programa.
La expectativa incumplida. Los gobiernos llegan con promesas que exceden lo que el margen fiscal y la estructura económica permiten, y el desengaño produce el siguiente giro.
La debilidad de los partidos. Los sistemas de partidos se han fragmentado y en varios países han sido sustituidos por candidaturas personalistas construidas para una elección. Sin partidos estables no hay continuidad de políticas ni memoria institucional, y cada gobierno empieza de cero.
El descontento sin canal. El ciclo de protestas de 2019 en Chile, Ecuador y Colombia mostró demandas (desigualdad, coste de la vida, calidad de los servicios) que ningún gobierno posterior ha satisfecho, y que se reactivan con cada administración.
Los factores estructurales
Bajo la superficie política hay tres constantes que ningún ciclo ha modificado.
La desigualdad: América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo por distribución de la renta, pese a la reducción real que se produjo durante los años de bonanza.
La dependencia de materias primas: las economías de la región siguen vinculadas al ciclo de precios de exportación, lo que hace que su margen de política dependa de decisiones que se toman fuera.
La informalidad laboral: una proporción muy alta del empleo está fuera del sistema formal, lo que limita la recaudación, deja a esa población fuera de la protección social contributiva y reduce el efecto de cualquier reforma laboral.
Mientras esas tres constantes no cambien, el patrón más probable seguirá siendo el mismo: alternancia sin consolidación, y una cobertura internacional que interpreta cada elección como el inicio de una nueva era continental.
Preguntas frecuentes
¿Qué fue la marea rosa?
El ciclo de gobiernos de izquierda que se inició con Chávez en 1998 y se extendió durante la década siguiente por Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador y Chile. Se llamó rosa y no roja porque la mayoría propuso redistribución dentro del sistema, no ruptura.
¿Qué lo hizo posible?
El auge de los precios de las materias primas impulsado por la demanda china. Soja, cobre, petróleo y mineral de hierro se revalorizaron durante una década y financiaron los programas de transferencias condicionadas.
¿Eran iguales todos los gobiernos de la marea rosa?
No. Chile, Uruguay y el Brasil de Lula practicaron políticas socialdemócratas con ortodoxia macroeconómica. Venezuela, Bolivia y Ecuador siguieron una vía rupturista con constituyentes, reelección indefinida y control sobre contrapesos.
¿Por qué se acabó el ciclo?
Por la caída de los precios de las materias primas desde 2014, que hizo insostenibles los programas, y por los casos de corrupción, sobre todo el de Odebrecht, que implicó a gobiernos de varios países y de varios signos.
¿Qué fue la segunda ola progresista?
La tanda de victorias entre 2018 y 2022: López Obrador en México, Fernández en Argentina, Boric en Chile, Castillo en Perú, Petro en Colombia y Lula de nuevo en Brasil.
¿Por qué cada ciclo dura menos?
Porque lo que se repite no es una preferencia ideológica sino un voto de castigo al gobierno saliente. Tras la pandemia, prácticamente todos los oficialismos de la región perdieron elecciones con independencia de su signo.
¿Qué papel juegan los partidos?
Su debilitamiento es parte del problema. Los sistemas se han fragmentado y en varios países han sido sustituidos por candidaturas personalistas construidas para una sola elección, sin continuidad de políticas ni memoria institucional.
¿Qué no ha cambiado con ningún ciclo?
Tres constantes: la desigualdad (la región sigue siendo la más desigual del mundo), la dependencia del ciclo de precios de las materias primas y una informalidad laboral que limita la recaudación y la protección social.