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Somalia, Sudán del Sur y Yemen: qué tienen en común sus conflictos
Tres países en torno a la misma franja de agua, tres colapsos estatales de origen distinto y un patrón compartido: potencias regionales que financian bandos y una ayuda humanitaria que sostiene lo que la política no resuelve.
Somalia, Sudán del Sur y Yemen aparecen sistemáticamente en los primeros puestos de los índices de fragilidad estatal y en las listas de mayores emergencias humanitarias. Los tres se sitúan en torno a la misma franja de agua —el mar Rojo y el golfo de Adén—, uno de los corredores comerciales más transitados del planeta.
Esa coincidencia geográfica no es casual, pero tampoco explica los tres casos por igual. Sus colapsos tienen orígenes distintos, y agruparlos sin distinguirlos lleva a diagnósticos equivocados.
Somalia: un Estado que desapareció y volvió a medias
Somalia es el caso más antiguo y el más citado en la literatura sobre Estados fallidos. El gobierno de Siad Barre cayó en 1991 y el país quedó sin autoridad central reconocida durante más de dos décadas.
Lo que lo hace singular es que la sociedad somalí es de las más homogéneas del continente en lengua, religión y origen étnico. El conflicto no se organizó sobre esas líneas sino sobre la estructura de clanes, que en ausencia de Estado funcionó a la vez como sistema de protección y como línea de fractura.
La intervención internacional de 1992-1995, con la retirada estadounidense tras el episodio de Mogadiscio de 1993, dejó una lección que condicionó la política occidental en Ruanda al año siguiente. El vacío posterior produjo dos fenómenos que dieron a Somalia visibilidad mundial: la piratería en el golfo de Adén, que alcanzó su punto máximo en torno a 2011 y movilizó operaciones navales internacionales, y el ascenso de Al Shabab, organización yihadista que llegó a controlar Mogadiscio y que sigue operando pese a haber perdido las ciudades.
Hay un contraste interno revelador. Somalilandia, en el noroeste, declaró su independencia en 1991 y ha mantenido desde entonces instituciones funcionales, elecciones competitivas y una estabilidad notable, todo ello sin reconocimiento internacional alguno. Puntlandia, en el noreste, opera como región autónoma. La parte del país que recibió atención y financiación internacional es la que menos ha logrado consolidarse.
Sudán del Sur: la independencia que no resolvió nada
Sudán del Sur se independizó en 2011 con respaldo internacional casi unánime y entró en guerra civil dos años y medio después.
Su caso es distinto del somalí en un punto esencial: no hubo colapso de un Estado preexistente, sino incapacidad de construir uno. El movimiento que había ganado la guerra de independencia era una coalición de milicias unidas por un objetivo común; cuando ese objetivo se cumplió, la disputa por el reparto del poder siguió las mismas líneas étnicas, dinka y nuer, sobre las que se había organizado la lucha.
El país tiene petróleo abundante y ninguna salida al mar, de modo que depende de un oleoducto que atraviesa Sudán. Esa dependencia lo ata a la estabilidad de un vecino que desde 2023 está en su propia guerra civil.
Yemen: la guerra por delegación
Yemen es el caso donde el factor externo pesa más. El país arrastraba una división histórica entre norte y sur, unificados en 1990, y una sucesión de conflictos internos, entre ellos las guerras contra la insurgencia hutí en la provincia norteña de Saada desde 2004.
La transición posterior a las revueltas de 2011 fracasó, y en 2014 los hutíes tomaron Saná. En marzo de 2015, una coalición encabezada por Arabia Saudí intervino militarmente en apoyo del gobierno reconocido, con respaldo logístico occidental.
Desde entonces el conflicto ha funcionado como enfrentamiento por delegación entre Arabia Saudí e Irán, que apoya a los hutíes, con un tercer actor, los Emiratos Árabes Unidos, respaldando a fuerzas separatistas del sur cuyos objetivos no coinciden con los del gobierno al que la coalición dice defender.
Naciones Unidas ha descrito reiteradamente la situación como una de las peores crisis humanitarias del mundo, con la mayor parte de la población necesitada de asistencia. Desde finales de 2023, los ataques hutíes contra buques en el mar Rojo internacionalizaron el conflicto por una vía nueva: la del comercio marítimo.
Qué comparten
Pese a orígenes distintos, los tres casos presentan cuatro rasgos comunes.
El conflicto es más rentable que la paz para quienes lo dirigen. El control de puertos, aduanas informales, rutas de contrabando y desvío de ayuda genera ingresos que desaparecerían con un acuerdo. Esa economía de guerra explica por qué los altos el fuego se rompen incluso cuando ninguna parte puede vencer.
La intervención externa multiplica los actores en lugar de reducirlos. Cada potencia regional financia a una facción, lo que convierte una disputa doméstica en un tablero donde el número de vetos aumenta y el de soluciones disminuye.
La ayuda humanitaria sustituye a la política. Los tres países reciben asistencia internacional considerable que mantiene con vida a millones de personas y, al mismo tiempo, reduce la presión sobre los actores armados para llegar a un acuerdo. Es un dilema reconocido por las propias agencias y sin solución obvia.
El agua y el clima agravan todo lo anterior. Las sequías recurrentes en el Cuerno de África y el agotamiento de acuíferos en Yemen desplazan población, destruyen medios de vida y alimentan la competencia por recursos que a su vez alimenta el conflicto.
En qué se diferencian
Las diferencias importan tanto como las coincidencias, porque determinan qué política tendría sentido en cada caso.
En Somalia el problema es de construcción estatal desde cero en un contexto donde existen instituciones alternativas (el clan, la autoridad religiosa) que funcionan. El caso de Somalilandia sugiere que la legitimidad local puede producir estabilidad sin reconocimiento externo.
En Sudán del Sur el problema es un pacto de élites que no llega a cerrarse. Las partes son identificables y el acuerdo de 2018 existe: lo que falta es voluntad de aplicarlo, y los incentivos apuntan en contra.
En Yemen el problema es que la decisión no está principalmente en manos yemeníes. Cualquier acuerdo interno requiere que los patrocinadores externos lo respalden, y esos patrocinadores responden a una rivalidad regional más amplia.
Tratar los tres con la misma receta (mediación internacional, gobierno de unidad, elecciones) explica en buena parte por qué las intervenciones diplomáticas han producido tan pocos resultados duraderos.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un Estado fallido?
Un Estado que ha perdido la capacidad de ejercer las funciones básicas de gobierno (seguridad, justicia, servicios) sobre su territorio. Es una categoría descriptiva y discutida, porque en la práctica el colapso suele ser parcial y geográficamente desigual.
¿Por qué colapsó Somalia?
Tras la caída del gobierno de Siad Barre en 1991, el país quedó sin autoridad central durante más de dos décadas. El conflicto no siguió líneas étnicas o religiosas, la sociedad es muy homogénea, sino la estructura de clanes.
¿Qué es Somalilandia?
Una región del noroeste que declaró su independencia en 1991 y mantiene desde entonces instituciones funcionales, elecciones competitivas y estabilidad, sin reconocimiento internacional de ningún Estado.
¿Por qué hubo piratería en Somalia?
Por la ausencia de autoridad estatal en la costa junto a una de las rutas marítimas más transitadas del mundo. Alcanzó su punto máximo hacia 2011 y motivó operaciones navales internacionales que la redujeron drásticamente.
¿Por qué Sudán del Sur no logró construir un Estado?
Porque el movimiento que ganó la independencia era una coalición de milicias unidas por un objetivo común. Cumplido ese objetivo, la disputa por el poder siguió las mismas líneas étnicas sobre las que se había organizado la lucha.
¿Quién combate en Yemen?
El gobierno reconocido, respaldado desde 2015 por una coalición encabezada por Arabia Saudí; los hutíes, apoyados por Irán; y fuerzas separatistas del sur respaldadas por Emiratos Árabes Unidos, cuyos objetivos no coinciden con los del gobierno.
¿Qué es una guerra por delegación?
Un conflicto en el que potencias externas se enfrentan indirectamente financiando y armando a bandos locales, sin combatir entre sí. Yemen es el caso más claro de los tres, con la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán como trasfondo.
¿Por qué la ayuda humanitaria puede prolongar un conflicto?
Porque mantiene con vida a la población y, al hacerlo, reduce la presión sobre los actores armados para alcanzar un acuerdo. Es un dilema reconocido por las propias agencias, que no tiene una solución obvia.
¿Cómo afecta el clima a los conflictos de Somalia, Sudán del Sur y Yemen?
Las sequías recurrentes en el Cuerno de África y el agotamiento de acuíferos en Yemen desplazan población y destruyen medios de vida, lo que intensifica la competencia por recursos y alimenta la violencia.
¿Por qué importa la posición de estos países?
Porque rodean el mar Rojo y el golfo de Adén, uno de los corredores comerciales más transitados del planeta. Los ataques a buques desde finales de 2023 mostraron que un conflicto interno puede alterar el comercio mundial.