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El euroescepticismo en Europa: sus dos formas y cómo cambió tras 2016
No es un fenómeno único: hay quien rechaza la pertenencia y quien rechaza las políticas concretas de la Unión. Distinguir ambas cosas explica por qué el Brexit no tuvo imitadores.
El término euroescepticismo se usa con frecuencia como una sola categoría y agrupa posiciones que tienen poco que ver entre sí. La distinción que emplea la ciencia política —formulada originalmente por Paul Taggart y Aleks Szczerbiak— separa dos formas con implicaciones muy distintas.
El euroescepticismo duro rechaza la pertenencia a la Unión Europea o el proyecto de integración como tal. Su posición lógica es la salida.
El euroescepticismo blando acepta la pertenencia y se opone a políticas concretas, a la ampliación de competencias o a la dirección que toma la integración. Su posición lógica es negociar desde dentro.
La confusión entre ambas produce lecturas equivocadas: un partido que critica la política agrícola común, la gestión migratoria o las reglas fiscales no propone necesariamente marcharse, y tratarlo como si lo hiciera impide entender qué está pidiendo realmente.
De dónde viene
El fenómeno es más antiguo de lo que sugiere el debate actual. Dinamarca rechazó el Tratado de Maastricht en referéndum en 1992 y solo lo aprobó tras obtener exenciones. Francia lo ratificó por un margen mínimo aquel mismo año. Irlanda rechazó Niza en 2001 y Lisboa en 2008, y en ambos casos repitió la consulta tras conseguir garantías. Y el Tratado Constitucional se hundió en 2005 con los noes francés y neerlandés.
Ese historial señala un rasgo estructural: cada vez que la integración se ha sometido a votación directa ha encontrado resistencias que las negociaciones entre gobiernos no anticipaban.
Los factores que alimentan esa resistencia se agrupan en tres.
El déficit democrático. La percepción de que las decisiones se toman lejos, por instituciones cuya responsabilidad ante el votante es difusa. El Parlamento Europeo se ha reforzado en cada reforma sucesiva y la participación en sus elecciones sigue siendo inferior a la de las nacionales.
La soberanía. La primacía del derecho europeo sobre el nacional es la base del sistema jurídico común y también la fuente de conflictos recurrentes con tribunales constitucionales nacionales, que han cuestionado sus límites en Alemania, Polonia y otros países.
La economía. La crisis del euro y las condiciones impuestas a los países rescatados generaron euroescepticismo por la izquierda, contra la austeridad, además del que ya existía por la derecha, contra la integración y la inmigración. Esa doble procedencia es una característica del caso europeo que se pierde cuando el término se asocia solo con la derecha radical.
El efecto Brexit
Reino Unido votó salir en junio de 2016 con un 51,9 % y completó la salida en 2020. En el momento del referéndum se anticipó un efecto dominó: varios partidos euroescépticos del continente anunciaron consultas equivalentes.
No ocurrió, y el motivo se puede medir. El apoyo a la pertenencia a la Unión aumentó en el conjunto de los Estados miembros después de 2016 según las series del Eurobarómetro, y los partidos que habían planteado la salida retiraron esa propuesta de sus programas.
La explicación más citada es que el Brexit funcionó como demostración práctica del coste. Las dificultades de la negociación, el problema de la frontera irlandesa (que estuvo a punto de descarrilar el acuerdo y que exigió una solución específica para Irlanda del Norte) y las fricciones comerciales posteriores hicieron visible lo que la salida implicaba para una economía integrada durante décadas.
El euroescepticismo no desapareció: mutó de duro a blando. La propuesta pasó de salir a transformar la Unión desde dentro, reduciendo competencias y reforzando el peso de los Estados. Es una posición más viable y, por eso mismo, con más recorrido.
Dónde está ahora
Hungría es el caso que más atención recibe: gobierno que critica frontalmente a Bruselas y a la vez principal receptor neto de fondos europeos en proporción a su economía. Esa combinación (confrontación política con dependencia financiera) define su margen real.
Polonia mantuvo un choque prolongado con el Tribunal de Justicia por sus reformas judiciales, con fondos suspendidos por la condicionalidad vinculada al Estado de derecho, y ese conflicto se recondujo tras el cambio de gobierno de 2023.
En Francia, Italia, Países Bajos y Alemania hay fuerzas con posiciones euroescépticas de intensidad variable, en algunos casos en el gobierno, y ninguna plantea hoy la salida.
Ese es el estado del asunto: la pertenencia ha dejado de discutirse y la disputa se ha trasladado a qué debe hacer la Unión y con cuánta autonomía nacional, que es una discusión más difícil de resolver precisamente porque no admite un referéndum que la cierre.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el euroescepticismo?
La oposición a la Unión Europea, en dos formas distintas: la dura, que rechaza la pertenencia o el proyecto de integración, y la blanda, que acepta la pertenencia y se opone a políticas concretas o a la ampliación de competencias.
¿Por qué importa distinguir entre euroescepticismo blando y duro?
Porque un partido que critica la política migratoria o las reglas fiscales no propone necesariamente marcharse. Tratar ambas posiciones como una sola impide entender qué se está pidiendo.
¿Es reciente el euroescepticismo?
No. Dinamarca rechazó Maastricht en 1992, Irlanda rechazó Niza en 2001 y Lisboa en 2008, y el Tratado Constitucional se hundió en 2005 con los noes francés y neerlandés.
¿Qué es el déficit democrático?
La percepción de que las decisiones europeas se toman lejos del votante, por instituciones cuya responsabilidad es difusa. El Parlamento Europeo se ha reforzado en cada reforma, y la participación en sus elecciones sigue por debajo de la de las nacionales.
¿Hubo efecto dominó tras el Brexit?
No. El apoyo a la pertenencia aumentó en el conjunto de los Estados miembros después de 2016 según las series del Eurobarómetro, y los partidos que habían planteado la salida retiraron esa propuesta.
¿Por qué no se repitió?
Porque el Brexit funcionó como demostración práctica del coste: las dificultades de la negociación, el problema de la frontera irlandesa y las fricciones comerciales posteriores hicieron visible lo que implica salir de una economía integrada.
¿Existe euroescepticismo de izquierda?
Sí. La crisis del euro y las condiciones impuestas a los países rescatados lo generaron por la vía de la crítica a la austeridad, junto al que ya existía por la derecha. Esa doble procedencia es característica del caso europeo.
¿En qué situación está hoy el euroescepticismo?
La pertenencia ha dejado de discutirse y la disputa se ha trasladado a qué debe hacer la Unión y con cuánta autonomía nacional. Es una discusión más difícil de cerrar, porque no admite un referéndum que la resuelva.