Radicalización y cohesión islámica en Francia

Radicalización y cohesión islámica en Francia

La alarma volvió a sonar como si de un deja vù se tratase. Tras pronunciar las ya palabras mágicas: Allahu Akbar (Alá es grande), el verdugo dicta la sentencia contra su víctima y blande su arma contra él. El crimen: mostrar caricaturas del profeta Mahoma en una clase de Secundaria sobre la libertad de expresión. Una manifestación que molestó a algunos padres y que, al igual que sucediera con los dibujantes de la revista satírica ‘Charlie Hebdo’, acabó en un trágico desenlace.

Dejando a un lado el carácter satírico de la revista asaltada en 2014 por yihadistas, llama la atención las quejas de los padres de los alumnos a los que el profesor Samuel Paty mostró esas imágenes. Esto es así porque, al contrario de lo que afirman las falsas creencias, ni el Islam ni el Corán -el libro sagrado- prohíben reproducir las imágenes del Profeta Mahoma. Según el periodista Christiane Gruber (‘Newsweek’), la imaginería figurativa ha sido un elemento básico de la expresión artística islámica en contextos seculares y privados.

Tras el asesinato el presidente galo, Emmanuel Macron, que hace varias semanas clamaba por un “proyecto secular y laicista” para Francia combatiendo férreamente al “islamismo separatista”, volvió a hacer gala de su firme promesa, asegurando con aplomo que “el miedo va a cambiar de bando. Los islamistas radicales ya no van a dormir tranquilos en Francia”. Inmediatamente, se realizó un amplio despliegue policial desde las instancias del Ministerio del Interior contra “movimientos islamistas“, pero que también se extiende hacia las redes sociales e Internet a la búsqueda y captura de todos aquellos mensajes y usuarios que justificasen o fuesen permisivos con el crimen.

Más allá del mensaje y del hecho, cabe destacar el significado y consecuencias que tiene este asesinato, ya que, por un lado, refuerza la defensa de Macron de su proyecto secular, así como vuelve a azuzar el fantasma de la islamofobia con la que se nutre la extrema derecha en Francia.

Police block the access to the Notre-Dame de l’Assomption Basilica in Nice on October 29, 2020 after a knife-wielding man kills three people at the church, slitting the throat of at least one of them, in what officials are treating as the latest jihadist attack to rock the country. (Photo by Valery HACHE / AFP) (Photo by VALERY HACHE/AFP via Getty Images)

Entre la convivencia, la radicalización y la islamofobia

Con más de 5´4 millones de personas (8´3% de una población de 67 millones), el Islam se sitúa como la segunda religión más profesada en Francia por detrás del cristianismo (58%), y es precisamente en el país galo donde se concentra la mayor comunidad musulmana de todo el espacio Schengen por delante de países como Bélgica (7’5%), Alemania (6’9%) u Holanda (6’9%). La mayoría de estos musulmanes son descendientes de las poblaciones inmigrantes de las colonias africanas que París administraba a mediados del siglo pasado.

Según un estudio del Pew Research Center (2016), factores como la juventud y las altas tasas de fertilidad han allanado el camino para que la población musulmana en Europa haya crecido continuamente hasta alcanzar un 4’9% en 2016 (25’8 millones de personas), y que se espera que esta cifra vaya en aumento en los próximos años hasta alcanzar el 11’2% o más en 2050. Un porcentaje que va acorde con la dinámica global de crecimiento que sigue el Islam en la actualidad.

Este incremento de la población ha ido de la mano de otro aumento no tan positivo: la islamofobia.

Según el último informe presentado por el Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCFI), en 2019 se registraron 789 ataques islamófobos en el país, lo que supone un aumento del 17% en 2018 y del 77% en los últimos dos años. Una tendencia alarmante que no ha hecho más que crecer desde los atentados yihadistas de París en enero y noviembre de 2015 y que, tras la decapitación de Paty el pasado viernes, se volverá a disparar tanto dentro como fuera del país.

Asimismo, al mismo tiempo que crecen los miedos de unos ante el resurgir de nuevos atentados, crecen los de otros ante un cada vez más presente rechazo social y discriminatorio. Prueba de ello se extrae de los datos de una encuesta realizada por el Gobierno francés en la que el 42% de los ciudadanos musulmanes afirmaron haber recibido algún tipo de trato vejatorio por su confesión, sobre todo en lo relativo al uso del velo en las mujeres (60%).

Así pues, la irrupción constante en el debate público respecto a ciertas conductas y polémicas relacionadas con cuestiones islámicas han cobrado mucho protagonismo en los últimos años, amén de los atentados yihadistas que se han producido en suelo galo, y ha vuelto a centrar el debate sobre el rol y el tipo de integración que debe desempeñar la comunidad musulmana no solo en Francia, sino en el resto del continente europeo. Cabe recordar ese “proyecto secular y laicista” que semanas antes del atentado contra Paty proclamó elocuentemente Macron y en el que, en un discurso que balanceaba entre la advertencia y las falacias, aseguraba estar dispuesto a combatir al “islamismo radical” como parte indispensable de su plan para defender los valores laicos de la República.

Más allá de la discreta mención hacia un deseo de “vivir juntos” y “liberar” al Islam en Francia de las “influencias extranjeras”, lo cierto es que de su discurso no se desprendió un proyecto común, ilusionante y cohesionador para una comunidad musulmana en Francia que mira con recelo y temor cualquier tipo de propuesta centrada en la temática religiosa.

Jorgen Nielsen, profesor de estudios islámicos en la Universidad de Copenhague, planteó en su libro ‘Musulmanes en Europa Occidental‘ (1992) el “peligro” de emplear conceptos como “nación, constitución o laicismo para “restringir y delimitar el alcance del autodesarrollo de las minorías musulmanas” u otras minorías, “en lugar de utilizarlos de manera constructiva para ofrecerles un lugar en la sociedad”. Así pues, Nielsen concluye que mientras no se repare en ese aspecto las expresiones de apoyo a la multiculturalidad y “pluralidad religiosa” corren el riesgo de ser tildadas de “hipócritas”.

Conscientes de que, ante el auge de la creciente islamofobia que se palpa en el país tanto por los atentados yihadistas como por los choques culturales constantes entre el Islam y los valores republicanos, esa postura cada vez más agresiva y displicente contra el colectivo musulmán ya no es exclusivamente patrimonio de la extrema derecha de Marine Le-Pen, sino de que ésta va adoptando una forma transversal que va calando, en mayor o menor medida, en la sociedad y la política, como es en el caso de Macron, el cual, aun sin presentar exponencialmente signos islamófobos, si muestra una actitud más dura contra el Islam en su último discurso, alejada de esa agenda en favor de reforzar la integración socio cultural en aquellos sectores desencantados y sin expectativas que podían radicalizarse, tal y como prometió en las elecciones presidenciales de 2017.

Refuerzo institucional e internacionalización del conflicto religioso

De la misma forma que apreciamos esa acogida del discurso extremista por parte del espectro político y social, podemos interpretar este endurecimiento en la cuestión religiosa e islámica en Macron enmarcándolo en clave interna e institucional.

El desgaste político que llevaba acusando el presidente galo en el último año era bastante considerable. El severo varapalo sufrido en las pasadas elecciones municipales en las que la ‘ola verde’ ecologista se hizo con las principales urbes francesas como Marsella, Lyon, Burdeos y Estrasburgo -en París gobiernan con la socialista Anne Hidalgo, que conservó la capital- se tradujo inmediatamente en una grave crisis de Gobierno a la que intentó remendar con una amplia reforma del Ejecutivo. Las sonadas y amplias protestas por la reforma de las pensiones, los chalecos amarillos y su cuestionada gestión sanitaria de la pandemia del coronavirus se plasmaron en las urnas, que se convirtieron en el mejor exponente de una evaluación a las políticas emprendidas por Macron desde que es presidente.

De esta manera, el atentado contra Paty le supuso un balón de oxígeno que ha intentado aprovechar para recomponer su deteriorada imagen política tomando, asimismo, una estrategia diferente a la seguida desde entonces, de visión más nacionalista y erigiéndose como defensor de los valores republicanos. Esto se aprecia en las acciones y gestos que le siguieron al asesinato de Paty, desde la pomposa despedida con grandes honores al profesor de Historia hasta la reciente escalada verbal con el presidente turco Recep Tayipp Erdogan-un capítulo más en la serie de confrontaciones que mantienen París y Ankara en los últimos meses, destacando especialmente el conflicto por las disputadas aguas del Mediterráneo Oriental, las cuáles albergan importantes bolsas de gas natural-.

Y es precisamente con la religión el arma arrojadiza con la que Erdogan, en su habitual animadversión hacia Francia -y viceversa, ya que el país galo siempre se ha mostrado contrario a que Turquía entrase formara parte de la Unión Europea-, busca debilitar a París y provocar una ruptura en la convivencia entre las comunidades musulmanas y laicistas de Francia mediante un discurso defensor de los valores del Islam que fomenta el ‘ellos’ -los ‘malos’ que blasfeman contra el Profeta Mahoma- y ‘nosotros’ -las víctimas a las que insultan, los ofendidos-. Un argumentario que, cambiando los sujetos, es muy parecido al que emplea la extrema derecha en sus discursos con los que pretende romper la armonía y cordialidad interétnica que puede existir en un país como Francia.

Este discurso islámico con tintes nacionalistas -en ascenso en los últimos años en Turquía tras el fallido golpe de Estado de 2016- obtiene una proyección mayor, al situarse, además, dentro de la agresiva política exterior que Erdogan ha desarrollado tanto a nivel nacional como en toda su área de influencia. De ahí destacan sus intervenciones en el norte de Siria, Libia, su apoyo a Azerbaiyán en el conflicto de Nagorno-Karabakh, el Mediterráneo… y ahora autoerigiéndose en defensor de los valores islámicos, lo cual no ha hecho otra cosa sino elevar la tensión entre ambos países, exacerbar a la población musulmana tanto en Turquía como en otros países de mayoría musulmana -hay que recordar que las caricaturas de Mahoma que traza el semanario satírico ‘Charlie Hebdo’ han provocado el enfado y la indignación en países como Irán o Pakistán- y volver a situarse como un actor relevante en Oriente Medio, un área que siempre la ha considerado de enorme influencia geoestratégica para sus intereses geopolíticos desde tiempos del Imperio Otomano.

No obstante, esta creciente exacerbación y tensión que Francia y Turquía están protagonizando en las últimas semanas ha traspasado la arena política hasta alcanzar la vida pública con consecuencias trágicas. Prueba de ello son los ataques de la última semana en los aledaños de la catedral de Notre-Damme, en Niza, contra un sacerdote ortodoxo en Lyon, y el reciente atentado yihadista contra una sinagoga en Viena (Austria), reivindicado posteriormente por ISIS. Cabe recordar en este punto que Turquía mantiene el apoyo de mercenarios yihadistas en lugares del norte y este de Siria como Hasakah una vez que lanzó la ofensiva en la región el 9 de octubre de 2019 tras la retirada de EEUU de la zona.

people gathering near kaaba mecca saudi arabia
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¿Encaje nacional o amenaza institucional?

“Excepcionalidad francesa”. De esta manera definió el investigador y profesor en la Universidad Rovira i Virgili (URV), Jordi Moreras, en el número 115 de la Revista CIDOB de Asuntos Internacionales (¿Qué islam para qué Europa?, 2017) el proceso de “relación con lo religioso” que Francia estaba experimentando por aquel entonces en los que el terrorismo yihadista estaba muy latente en el país. Moreras destaca en el artículo la “paradoja” existente entre varios autores respecto al tipo de encaje que debía tener la comunidad musulmana en Francia -y en toda Europa- después de que se pasara por construir un islam integrado en los “valores republicanos” franceses a ser percibido como una amenaza tras los atentados de París. En este sentido, y antes que Macron, Francois Hollande lanzó la primera ofensiva con la creación de la ‘Fundación por el islam de Francia’ (2015), destinada a cumplir con ese cometido.

Esa “excepcionalidad francesa” a la que se refería Moreras partía de esa idea de ‘laicidad’ promulgada en el país galo a raíz del uso de simbología musulmana en el espacio público. Para otros autores como el periodista francés Alain Gresh, el concepto de laicidad se retuerce para ser utilizado como “arma arrojadiza contra los musulmanes”, el cual esconde, a su parecer, una “creciente islamofobia” en la que la población musulmana que expuesta a la “venganza en el ámbito público”.

Una tendencia que hemos podido comprobar en varias medidas y sentencias contra el uso del velo en diferentes espacios públicos, y que ha sido criticada, por cierto, por el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas después de determinar en 2018 que se violaron las “garantías fundamentales” de dos mujeres en 2010 después de que fueran multadas por llevar el niqab -la prenda que cubre el cuerpo entero y solo deja al descubierto los ojos-, cuya prohibición, según declaró el Comité, “menoscababa desproporcionadamente el derecho de los peticionarios a manifestar sus creencias religiosas”.

El controvertido debate del uso del velo islámico, rasgos corporales y otros comportamientos característicos de la comunidad musulmana se han convertido desde hace tiempo en signos sospechosos de radicalización para Occidente. En palabras de Moreras, “el paradigma de la radicalización se está imponiendo como forma de explicar todo lo que sucede con la práctica religiosa y el comportamiento social de los musulmanes, a pesar de que sigue siendo un concepto difícil de clarificar”.

Ese escepticismo y recelo también se traslada hacia los rituales islámicos que, según el autor, cobran importancia para la sociedad europea solo en el momento en el que estos “contradicen o infringen las costumbres y normas legales”. No obstante, Moreras arguye que los rituales que manifiestan los “grupos minoritarios” -en este caso los musulmanes- suelen incomodar al resto del grupo o sociedad por el hecho de que este rasgo característico les otorga una presencia notoria en la sociedad. Son “mecanismos de movilización” y de “activación de las identidades” que les reporta una visibilidad y singularidad en el espacio público.

A pesar de ello, aclara que al no darse en el caso europeo esa singularidad dada “por supuesta” y comprendida, la comunidad musulmana ha buscado formas de adaptación y “transformación” en lo que respecta al significado de sus rituales con el fin de encontrar un encaje mediante una “práctica discreta y comunitaria” como también como de “mecanismo de interacción” dentro de la misma sociedad europea. Una vía que ahora se antoja más necesaria y, a la vez, más difícil que nunca tras los últimos atentados.

Autor: Miguel Rivas. Graduado en Periodismo por la Universidad de Málaga. Máster en Periodismo Internacional por la Universidad Blanquerna – Ramon Llull (Barcelona). Pasión por la política internacional, interés en Asia-Pacífico.

 

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